Se termina el mundo. Otra vez. Tal vez por ello no me resulta extraño que la cita que más suelo encontrar estos días en foros y redes sociales sea aquella de Gramsci que versa: «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.» El peor de los apocalípsis es siempre el que tenemos enfrente. ¿Cuántos de estos se nos han presentado en este primer cuarto de siglo? La pregunta no pretende minimizar los monstruos actuales, que lo hay, reales, grandes y muchos. Será más bien que pienso en ellos como los mismos del siglo veinte, que son los mismos del diecinueve. Monstruos viejos que nunca murieron y se empeñan en que algo nuevo nazca, pero que a pesar de las posibilidades, nace.
Los múltiples diagnósticos que se hacen de nuestro tiempo no son de optimismo ciego. Si los hay así, son psicóticos. Las amenazas que tenemos en puerta sobrepasan la capacidad de razonamiento de cualquier individuo, al punto de tentarnos a la parálisis colectiva, lo que sería un error. No se trata de que lidiemos solo con hechos abrumadores sino de una profunda división en el debate público. La política ahora forma parte de la cultura, y viceversa.
Pensando en esta división de nuestra opinocracia, esta semana volví a la lectura de Apocalípticos e integrados, que no habla de política sino de interpretación cultural. Publicada en 1964, esta obra de Umberto Eco se compone de una serie de reflexiones sobre las reacciones que los intelectuales de la época tenían ante la cultura de masas y los medios de comunicación. Dada la fecha en la que se escribió, los temas de este volumen se centran en la incursión de la televisión, la música popular y los cómics dentro del debate público. Para Eco, los críticos de la cultura pueden dividirse en dos categorías muy marcadas: por un lado los «apocalípticos» y por el otro los «integrados».
En esta categorización (que no es ni exhaustiva ni académica), el autor llama apocalípticos a quienes consideran que la cultura de masas no es cultura sino una especie de anticultura, ya que creen que el consumo masivo contribuye a la desintegración del arte culto y de las capacidades críticas de las personas.
En contraste, llama integrados a quienes creen que la cultura de masas es un proceso de democratización cultural, ya que el acceso amplio a la cultura no puede sino entenderse como un elemento positivo del bien personal y común.
Para Eco, los primeros son unos nostálgicos que se resisten a comprender la realidad actual para transformarla, mientras que los segundos son unos ingenuos que se sesgan ante los intereses de quienes controlan los medios de (re)producción mediáticos.
El punto clave de este texto, en mi opinión, es el cómo Eco analiza la forma en la que la televisión crea un lenguaje propio en el que se fusionan la realidad con el espectáctulo.
Esta noción también está presente de manera pesimista en el corazón de otra obra, Homo-videns: La sociedad teledirigida (1997), del politólogo eurocentrista Giovanni Sartori. Para Sartori, los tiempos modernos habrían hecho que el homo-sapiens (hombre sabio) se transformara en un homo-videns (hombre que ve), cuya formación analítica depende exclusivamente de las imágenes que consume, empobreciendo su cognición y perdiendo así su capacidad abstracta de pensamiento en el proceso. Al sustituir la lectura por la imagen, el homo-videns daría paso a una sociedad teledirigida, en la que las imágenes se usarían como una herramienta emocional de manipulación política y social y, por lo tanto, pondrían a las democracias en un peligro inminente, ya que no puede haber democracias sanas sin ciudadanos críticos e informados.
Pero ni Eco ni Sartori eran apocalípticos absolutos. Sartori habla de fomentar una suma positiva tanto de la lectura como de la imagen, con una visión que evitase la dominación cultural de las imágenes. Esta conclusión parece un poco más un deseo.
Por otro lado, Eco propone no pertenecer a ninguna de las dos categorías; ni ser apocalíptico ni tampoco integrado. Nos invita mejor optar por una tercera posición crítica, y nos dice que aunque el poder de la imagen sea «semejante a la energía nuclear», no puede sino incluirse en nuestras sociedades.
«La civilización de la televisión como complemento a una civilización del libro. Es quizá menos difícil de lo que se cree (…) [habrá que] descondicionar al público, a enseñar a no contemplar la televisión más de lo necesario, a dominar e identificar por uno mismo el momento en que la escucha no es ya voluntaria, en que la atención se hace hipnosis, la convicción asentimiento emotivo.»
–Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados.
Aunque la rueda gire más rápido, estos conceptos siguen siendo de una gran relevancia.

Nuestra teledirección semanal
Desde 1991, líderes de la cúpula empresarial y política del mundo se reúnen junto a intelectuales y periodistas en la ciudad de Davos, en el marco de la reunión anual del Foro Económico Mundial, organismo no gubernamental creado en 1971 por el economista y empresario Klaus Schwab. El lema de este año fue «Un espíritu de diálogo».
En esta edición, los ojos del mundo estaban puestos en el discurso de █████, quien el miércoles predeciblemente repitió todos sus clásicos: conspiraciones para debilitar la democracia, discurso antiinmigrante, descripciones racistas (especialmente contra el pueblo somalí), amenazas de persecución a sus oponentes políticos, autoelogios, interpretaciones tendenciosas de la historia mundial, alteración de cifras y hechos, justificación de medidas autoritarias, y un largo etcétera que se extendió por más de una hora en la que trató de convencer a los asistentes de que si existe cualquier tipo de desarrollo en el mundo es gracias a él. Sin embargo, lo que me ha llamado más la atención de su participación fue la facilidad con la que menospreció a sus pares europeos, presumió sus capacidades bélicas (ejemplificando con su asalto al pueblo venezolano) y reiteró sus demandas absurdas de hacerse del territorio groenlandés. Siendo generosos, la respuesta de medios y políticos en este lado ha sido tibia en los mejores casos y cómplice en los peores: le llaman socio, amigo, y se insiste que lo apaciguarán si le ofrecen más cosas que garanticen sus demandas económicas y de seguridad. Hay egos que son huecos tan profundos que no pueden ser llenados.
Al día siguiente, ahí mismo en Davos, █████ lanzó su organización intergubernamental llamada «Junta de Paz», la cual asegura que «quizá podría reemplazar a la ONU». La organización fue comercializada inicialmente como un instrumento para supervisar el fin del ataque sobre la población palestina, pero su ambición de intervención se extendió porque, bueno ¿por qué no tener alcance total en el planeta? La pertenencia a la organización solamente puede obtenerse a través de una invitación (selectivamente enviada de manera exclusiva a países del «norte económico» y a aliados advenedizos) y mediante un pago de membresía de un mil millones de dólares. Los dirigentes que dijeron se unirán a la Junta son: Argentina, Albania, Arabia Saudita, Armenia, Azerbaiyán, Bahrein, Bielorrusia, Bulgaria, Egipto, Emiratos Árabes, Hungría, Indonesia, Jordania, Kazajistán, Kosovo, Marruecos, Mongolia, Pakistán, Qatar, Turquía, Uzbekistán y Vietnam; y un manojo de países que todavía deben respuesta.
Coda
La historia no es un déjà vu.
Desde Davos, hubo dos reflexiones que merecen ser rescatadas. Por un lado,Oleksandra Matviichuk, que participó en un panel titulado Una conversación honesta del por qué estamos divididos, mencionó que nos resultará muy difícil definir el concepto de realidad cuando las personas todavía no comprenden que no son solamente observadores sino participantes activos de esa realidad. En la misma conversación se menciona cómo en esta época todavía nos hace falta distinguir entre los conceptos de verdad y hechos, especialmente cuando todavía percibimos cualquier antagonismo como síntoma de autenticidad. De acuerdo con Matviichuk, el gran riesgo de nuestro tiempo es la forma acelerada en la que perdemos la libertad, ya que las personas intercambian esa libertad por la promesa vaga de seguridad; y ya que para salvar nuestras democracias necesitamos no solo ser valientes sino muy vocales de lo que nos sucede. En tiempos de la teledirección, hay que redoblar las posiciones críticas que nos alejen tanto de apocalípticos como de integrados.
La otra reflexión llega gracias al Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, quien en su discurso retrató una realidad que no se escuchó repetir entre los líderes del foro, pero que deberíamos tomar muy en serio: «No estamos en una transición sino en una ruptura, y la nostalgia no es una estrategia. […] Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.»
La historia no es un déjà vu.
