Tuve un recuerdo a partir de una lectura reciente. Hace un par de años entablé amistad con dos compatriotas latinoamericanos de una forma inesperada. Hacía un tiempo que los había notado pues cada que regresaba a mi casa los veía trabajando en la remodelación de la fachada de un edificio cercano a mi hogar. Lo que me llamó la atención de su presencia fueron dos cosas: primero, las cumbias que sonaban de forma poderosa desde una radio que habían montado en lo alto del andamio, y segundo que, tras una observación más detallada, vi que les hacía falta un lugar para tomar un descanso. Esto último me pareció una anomalía, considerando las leyes laborales danesas y el hecho de que afuera había estado nevando por varios días. Comencé a prestar atención y al poco tiempo constaté que cuando el clima empeoraba ellos tenían que refugiarse en una furgoneta que tenían estacionada a pocos metros del lugar. Sabiendo que este es un país que se jacta de tener una larga trayectoria de luchas sindicalistas y conquistas laborales, sentí que algo no me terminaba de cuadrar. Las condiciones laborales y de seguridad me resultaban a todas luces innecesariamente precarias. Al poco rompí el hielo con un termo de café y los invité a charlar a casa. Aceptaron con la facilidad con la que nos acercamos entre hispanohablantes cuando nos encontramos en tierra extranjera. Ya desde nuestra primera conversación tuvieron la confianza para hacerme preguntas relacionadas con su trabajo. Como ninguno de ellos dos hablaba ni inglés ni danés, tenían dudas sobre cómo localizar la información relacionada con sus fondos de pensiones, primas vacacionales, horas extras, entre otros asuntos. Traté de ayudarlos toda la tarde, pero al no poder ofrecerles respuestas, les pedí que me permitiesen solicitar ayuda externa. Haciendo la historia corta: acudí a su sindicato en calidad de intérprete, explicando la situación, y tras una investigación rigurosa fueron ellos, los sindicalistas, quienes descubrieron que la empresa de construcción para la que trabajaban mis amigos se había apropiado de los recursos correspondientes a las prestaciones de los trabajadores a lo largo de los cuatro años que llevaban trabajando. Un verdadero escándalo.
El caso de ellos dos no es el único del país. Vaya, el caso de ellos dos no era el único ni siquiera en la empresa en la que trabajaban, y la cual empleaba a más de un centenar de trabajadores de diferentes nacionalidades. El modo de operación es más o menos el mismo: a través de un tercero, la empresa da contratos de corto plazo a mano de obra migrante, asegurándose de que no hable un idioma que le permita comunicarse con su entorno; se le ofrece un salario que apenas empata el mínimo del mercado, pero que se percibe mayor al comparársele con la moneda de su país de origen; se le deduce del salario dinero en concepto de prestaciones ofrecidas por la misma empresa de contratación (gastos administrativos, alquiler, equipo, etc.); no se le informa de prestaciones y derechos (horas extras, primas vacacionales, fondos de pensión); y finalmente, se le despide sin previo aviso. Sobra decir que en ningún momento se le informa a los trabajadores de los beneficios de pertenecer a un sindicato ni las posibilidades de crecer dentro de la misma organización. Y con esto no quiero sugerir que todas las empresas del país operen de este modo, lo que sería muy injusto para la gran mayoría que se sujeta a la ley, pero este tipo de empresas sí existen, y son mucho más fáciles de encontrar de lo que la gente piensa.
Tal vez porque atestigüé estos hechos en un pasado reciente es que vinieron a mi mente ahora que leo Cabeza de turco.
Cabeza de turco
Publicado en 1985, es un libro escrito por Günter Wallraff, que se ha mantenido como un referente histórico del periodismo de investigación del siglo veinte debido a la forma desgarradora con la que el autor expone el racismo y la deshumanización que sufren de manera sistemática los migrantes que participaron en el mercado laboral de Alemania occidental. En su edición original, el libro se titula Ganz unten, que se traduce del alemán como En lo más bajo. En español, la expresión «cabeza de turco» es sinónimo de «chivo expiatorio», es decir, se emplea para describir a una persona a la que se le atribuyen las culpas de todo para eximir a otros.
Pionero del periodismo de inmersión, Wallraff dedicó dos años de su vida haciéndose pasar por su amigo turco Alí Sigirlioğlu. Con la ayuda de una peluca y lentes de contacto, y alterando su manera de hablar para aparentar que tenía un conocimiento limitado del habla alemana, Wallraff encarnó un personaje que le permitiera atestiguar las vivencias de los migrantes de primera mano. Sin embargo, el autor no estaba preparado para lo que estaba por enfrentarse. En una de sus primeras experiencias como Alí, durante un partido de fútbol en el Estadio Olímpico de Berlín Occidental en 1983, Wallraff, temblando, tuvo que renunciar a aparentar ser turco cuando se percató que había toda una zona del recinto que estaba ocupada por jóvenes neonazis. Esa fue la primera y última vez que el periodista renunció al disfraz. A partir de ese momento adoptó la personalidad de Alí por el resto de su investigación.
A lo largo de los dos años en que Cabeza de turco toma lugar, Wallraff develó cómo grandes corporaciones como Thyssen y McDonalds se beneficiaban de trabajadores indocumentados, pagándoles salarios miserables e ignorando protocolos básicos de seguridad.
Quizá más perturbador todavía es el hecho de cómo el autor documentó que los equipos de empleados migrantes eran utilizados por empresas de construcción para limpiar sitios que contenían materiales de alta peligrosidad, tales como plantas nucleares o refinerías, sin la ayuda de equipo de protección, y exponiéndolos a altas dosis de radiación y otros químicos de alta toxicidad.
Pero más allá de reportar abusos laborales, esta obra también es un testimonio del ostracismo social, que captura el constante peso psicológico que cargan los migrantes al ser tratados como ciudadanos inferiores, y que expone la profunda xenofobia que se extiende hasta el corazón de nuestros tiempos.
El impacto que dejó Cabeza de turco es innegable: no solamente se convirtió en uno de los best-sellers absolutos de Alemania en su tiempo y fue traducido a más de cuarenta idiomas, sino que obligó al país a replantearse los tratos que se daban a los trabajadores migrantes. La gran exposición dejada por esta investigación periodística trajo grandes repercusiones legales para las compañías mencionadas en el libro y obligó a una revisión de las leyes alemanas de inspección de seguridad laboral.
Wallraff desarrolla con una maestría narrativa una historia que difumina los límites entre el documental y el thriller policiaco. La constante amenaza de ser expuesto mantiene al lector al límite y la descripción cruda del sufrimiento humano representa un desafío para los prejuicios con los que el lector se acerca a la historia de Alí. Demostrando su compromiso con la causa de investigación, Günter Wallraff donó las regalías de la obra para apoyar el alojamiento de migrantes y proyectos de bienestar social.

El cisne negro
En sintonía con el periodismo de inmersión, esta semana vi por primera vez la serie documental El cisne negro (Den sorte svane), estrenada en 2024, y la cual cambió de manera dramática la forma en la que los daneses perciben a su propia sociedad. Dirigida por Mads Brügger y producida por TV2, la serie cuenta con siete capítulos en los que se devela la forma en la que el mundo del crimen de calle hace negocios con los criminales de cuello blanco. La serie se titula de esa manera porque un «cisne negro» es un evento extremadamente impredecible, de consecuencias masivas, y que solamente puede explicarse en retrospectiva.
La serie se centra en Amira Smajic, una abogada con larga trayectoria trabajando como consultora para algunas de las organizaciones criminales más peligrosas de Dinamarca, y quien se especializa en lavado de dinero, evasión fiscal y esquemas complejos de fraude. Smajic se acerca a la televisora TV2, expresando que le gustaría darle un giro a su vida y dejar la criminalidad atrás. Así, por medio año, actúa como informante de los periodistas, reuniéndose en encubierto con sus antiguos colaboradores en una oficina que el canal de televisión montó en un barrio exclusivo de la ciudad de Copenhague, y en la que con cámaras y micrófonos ocultos grabaron todas las conversaciones y tratos que sostuvieron la abogada y sus clientes.
El documental en una cascada de revelaciones, y cada capítulo es más sorprendente e indignante que el anterior. Lo que vemos en El cisne negro es el cómo aparentes miembros respetables de la sociedad danesa sostienen de forma natural y continua una relación estrecha de ayuda y beneficio mutuo con el crimen organizado. La oficina de Smajic es atendida no solamente por el estereotipo de personas que viven al margen, sino por renombrados abogados de firmas prestigiosas y emprendedores exitosos que discuten cómo lavar dinero, evadir impuestos o cometer fraude por declaratoria de bancarrota, todo esto mientras toman latte y comen pan dulce. Por si todo esto fuese poco, el documental exhibe cómo algunos de los clientes de Smajic utilizan identidades falsas y empresas fantasmas para robar beneficios al estado, y en uno de los mayores escándalos, se explica cómo una empresa de construcción utiliza la ayuda del crimen organizado para deshacerse de manera ilegal de materiales contaminados que luego son tirados en tierras agrícolas, valiéndose para ello del papeleo alterado que proveen las empresas encargadas de aprobar los permisos.
Al igual que Cabeza de turco generó grandes olas en Alemania, El cisne negro también tuvo un gran impacto en Dinamarca. La mitad de la población del país dijo haber visto el documental completo. Al término de la serie, el miembro de una famosa agrupación de motociclistas y su contador fueron tomados en custodia, acusados de crímenes financieros. Otras personas, incluyendo un oficial del municipio, se volvieron sujetos de investigación. De la misma forma, la barra de abogados del país se disculpó ante el ministerio de justicia por la conducta de los abogados que fueron capturados en cámara, y a quienes se les despidió o se les quitó la cédula profesional. Algunos cambios más profundos fueron introducidos en el país, como una nueva ley para contrarrestar el lavado de dinero, entre otras medidas. Más allá de esto, El cisne negro destapó el debate de los abusos que las empresas de construcción cometen, y el de la evasión fiscal, tanto así que otros países nórdicos como Suecia y Noruega comenzaron a tener debates y acciones en torno a los temas retratados en el documental.

Coda
A menudo pienso en mis amigos migrantes. No solamente en los dos con los que comencé este texto, sino en todos los amigos migrantes que he hecho a lo largo de los años. El caso de los dos que conocí cerca de casa se resolvió positivamente a su favor hace poco más de un año, y ahora ellos viven en otro país europeo, junto a sus familias. De Wallraff a la fecha no han cambiado mucho las cosas para quien migra. ¿Qué nos queda sino redoblar la empatía entre nosotros?
